
Perdonad que hoy tenga una noche de confidencias, hay noches así, llenas de estrellas.
Desde bien niña disfrutaba con la «gente mayor», con los ancianos. Siempre recibí de ellos una alegría -sólo comparable a la de los niños- y una paz de espíritu que espero alcanzar algún día.
No sé porqué, recuerdo hoy especialmente que cuando me casé, y ya antes, mi favorito de su familia era el abuelo. Según entraba y tras los saludos de cortesía me sentaba a su lado para escuchar sus historias, sus viajes, sus ansias pasadas, ver sus láminas antiguas y sentir su calor. Desde lejos me decía seductor, sabiendo que esa batalla estaba ganada: «aquí llega mi nieta favorita -sé que no era cierto-, ven y siéntate a mi lado».
Ahora, estos inviernos, he tenido el maravilloso regalo de pasar mis tardes de domingo con mi tía abuela y otros familiares. He disfrutado de hacerles meriendas, jugar a las cartas y recibir su amor y su experiencia.
Se me van enfermando, se me van muriendo, y nunca me ha dado tiempo a quererles y mimarles lo suficiente y devolverles una pequeña parte de lo muchísimo que me dan.
El amor es generosidad, antes de nada, generosidad. De ellos se aprende.
Quizás puedas pensar que te ha faltado tiempo con ellos debido al presumible pesimismo que puedes tener y que relaciono en buena medida con tu entrada precedente.
Las personas mayores, sobre todo aquellas que afortunadamente no exhiben lo peor de sí mismas al llegar a la ancianidad, otorgan la calma de la experiencia, nos ofrecen la tranquilidad frente a nuestros ímpetus. Admiro aquellas sociedades donde la figura del anciano es respetada y valorada en su medida (En China, por ejemplo, gritar a una persona mayor puede ser un acto delictivo)
Yo pienso que eres suficientemente generosa; de lo contrario, esta entrada no hubiera visto la luz. Aunque, a veces, te pueda parecer que te ha quedado algo pendiente con alguien que ya no está. Es comprensible.
Tú por lo menos tuviste «abuelos». Yo no. Sólo conocí a mi abuela materna y guardo un patético recuerdo de ella.
Besos, muchos besos
El estado de ánimo sin duda tiene que ver. Mi hilo mental quizá sea algo tan simple como esto: esta vida nuestra se termina en cualquier momento, llorar por el que se va es normal pero el dolor es muy diferente si uno puede guardar buenos recuerdos, tardes de charla y café…el amor no se va con ellos.
No tuve abuelos por parte de madre, aunque mi tía abuela Consuelo, de la que siempre hablo, hizo las veces. Por parte de padre, tuve una abuela con la que nunca me entendí y un abuelo que era más bien egoistón. Tuve otros abuelos, como el «político» que describo en el post, o como Isolina, de la que también he escrito. No me quejo.
He modificado el post poniendo la foto de una de mis miradas más queridas.
Besos, Leiter.
Es cierto, Amalia, hay que disfrutar todo lo que se pueda de la compañía de estas personas tan queridas. Los buenos recuerdos ayudan a mitigar su pérdida.