La camioneta

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Me preguntó si había ido alguna vez en camión o en camioneta. Respondí “Sí, claro” pero tuve que detenerme a pensar cuándo.

 

Y de repente, de no se sabe dónde, surgió aquel recuerdo.

 

La vida eran tardes de verano llenas de sol, de playa y de campo. Los niños se pasaban la vida jugando en la arena y al atardecer subían caminando por la cuesta pedregosa hasta la carretera. Llenaban los cubos de playa de moras todavía rojas que no se comían. Siempre alguno decía: “coged las altas, que las de abajo están meadas”. Y aquella era la contraseña, el indicador de que ya las madres estaban lejos, exhaustas por la cuesta, agotadas por intentar no perderlos de vista.

 

Empezaba la aventura. Imaginaban ser un equipo de exploradores que atravesaba la selva, o una tripulación pirata en busca de un tesoro escondido en el otro extremo de la isla donde acababan de desembarcar, o una pandilla de niños escapados de un internado que buscaban una feria para pasar la tarde….

 

Aceleraban el paso en su afán por prolongar aún más la diversión. Las madres se quedaban atrás, pequeñitas ya, con las bolsas vacías de la merienda.

 

De lejos se la veía acercarse, beige y destartalada. Pasaba de largo pitando alegremente para recoger a las rezagadas y sus bolsas. Pronto, se paraba a su lado, y los seis niños se subían a la parte de atrás, sentándose en el suelo para no traquetear tanto, con las piernas cruzadas “como los indios” y con las cabezas lo más juntas posible, en un conciliábulo interminable. Planeando la siguiente aventura.

 

Los habituales eran tres chicos y tres chicas, aunque los mayores consideraban que eran cinco y una “mascota”. Y es que el peque, Nacho, tendría unos cinco años, pero se había convertido en indispensable para la pandilla por su alegría y su arrojo.

 

Apenas paraba la camioneta, bajaban por orden y con la agilidad de un comando y antes de que siquiera pudiesen preguntarles adonde iban, ya habían montado en sus bicis y se alejaban a toda prisa. Aquellas BH parecían más bien caballos pura sangre con nombres que expresaban su carácter: Rayo, Trueno, Tormenta,….y “Rebámpalago”, que era el de Nacho, claro.

 

La ruta estaba planeada de antemano: se metían por dos o tres senderos estrechos para despistar pero acababan al lado de las plantas de tomates o de las de guisantes que ya estaban altas a finales de verano, y allí organizaban el puesto de mando para centralizar las siguientes operaciones o, dependiendo del día, contaban historias de miedo mientras desenvainaban los guisantes y se los comían crudos y tiernos.

 

El anochecer les pillaba buscando tesoros.

 

Me gustaría que me dejárais alguna anécdota o recuerdo de vuestra infancia, aunque sea breve y cambiando vuestro nombre.

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8 comentarios en «La camioneta»

  1. Tengo un hermano mayor que me lleva siete años, me acuerdo cuando mis amigos y yo recogíamos manzanas en la finca del Sr. Rodrígo Pita (un poquito facha) y después en un enorme parque que había delante de mi casa nos dedicabamos toda la pandilla a perseguir los morreos de mi hermano con su novia y a llenarlos de manzanazos. Un poco traviesos pero nos lo pasabamos en grande.

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  2. bueno, yo recuerdo lo mucho que me divertia en la casa de mis abuelos, que ahora es de mis padres, cuando era pequeña, habia todo tipo de bichos, gallinas, ocas, conejos, un cerdo buceador que se llamaba porron, que era de lo más limpio, y conejos.
    Cada bicho tenia su caracter, pero recuerdo un gallo que me tenia una mania horrible, cada vez que me acercaba con mis mejores intenciones y mis trozos de pan robados de la mesa, el muy macarra intentaba atacarme, yo tenia cinco años y debia ser una presa fácil.
    Una tarde se decidió y mietras estaba echando pan a las gallinas se acercó por detrás, me saltó en la cabeza y me picorroteo por todas partes…yo salí corriendo despavorida con el gallo enganchado de los pelos hasta que choqué con un seto y allí mi padre logró separanos, creo que mis gritos se escuchaban por toda la comarca.
    Ni que decir tiene que el gallo acabó en la cazuela. la verdad es que era un tirano que traia a todas sus gallinas martirizadas, les picaba en la cabeza y la mayoria tenian el lomo en carne viva.
    Otra tarde sufri un ataque sexual por parte de un pato en celo..pero eso fue más reciente..y ya no seria un recuerdo de infancia….

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  3. sin duda un pato patoso y necesitado de cariño…no tenia ninguna pata a mano y he de reconocer que yo le provoque..le di pan mojado en agua…y eso le confundió…moví mi brazo y mi mano muy incitantemente y eso tambien le confundió… sin duda pensó:» este huevo quiere sal!»… Todo fue muy rápido…Me saltó encima… yo estaba sentada…

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  4. Eh! Alto ahí…no sigáis por ese camino… jajaja.Ledicia, ledicia….eres tremenda.

    Marcos, cuéntanos alguno de los recuerdos de tu infancia, anda. O eso, o la receta de la merluza de tu abuela. Si te atreves a publicarla el post es tuyo.
    He abierto esto de cocina para que «algunos» me echéis una manito, eh?

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  5. ¡Es que no sé qué contar de mi infancia! Tú eres muy literaria, pero creo que yo he tenido una infancia feliz pero anodina…. Nunca cacé un lagarto al que le puse nombre y me acompañó varios veranos, ni tuve una pierna rota por subir a un árbol que me firmaran todos en el colegio, ni siquiera una novia por la que suspiraba a los 6 años con defenderla de los invasores con mi pistola desintegradora. Nada.

    Mis recuerdos más emocionantes eran que me iba todas las tardes a la biblioteca y me leía de todo: Agatha Christie, Julio Verne, Dumas, Salgari… Recuerdo especialmente a Robinson Crusoe, no sé porqué. Tal vez porque es un libro muy largo que me tuvo enganchado durante bastante tiempo. También la serie «Los Tres Investigadores», de «Alfred Hitchcock Presenta». Me trae muchísimos recuerdos esa serie y descubrí que no la había leído yo solo:

    http://www.veaseademas.com/archivos/2003/10/alfred_hitchcoc.html

    Eso es todo, lo siento. A lo mejor es que mi infancia no me parece muy emocionante por comparación con esos libros… 🙂

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  6. Bueno, se puede novelar cualquier pequeño detalle, sí. Eso de los libros está bien. Yo me los cambiaba con mis primas: una se compraba el uno de los siete secretos o de los cinco, la otra el dos, y así….Me has recordaba cuánto me gustaban los Tres Investigadores aunque ahí ya era algo mayorcita.
    De peque, mi mejor amigo leía sólo tebeos y cuando yo estaba enferma -hasta un año seguido de niña- subía «el cajón de los tebeos» con cajón y todo, jajaja. Y total que yo, o estaba muy aburrida, o sólo leía ZipiZape y la 13, Rue del percebe. Esto tengo que contarlo bien, bufff, tiene mucha miga.

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