Me encanta como huele mi casa esta mañana.
Hago un bizcocho, con limón, las manos me huelen a la ralladura y me gusta acercarlas a la nariz y olerlas. Los aromas cítricos me dan energía. Sí, el olor de limón, es el aroma del mediterráneo, de la vida.
Le pongo un poco de chocolate, como no, y el aroma se extiende desde el horno. El chocolate rememora viajes, tierras lejanas, más cálidas y salvajes. Es el aroma de la libertad.
Me preparo un café , sin duda el aroma que más me acoge y serena, el que asocio a una buena conversación entre amigos, y unas tostadas mientras se cuece el bizcocho. Mi cocina huele a ternura, a placer sereno, a vida y a invierno. Dejo que me inunden los olores y los disfruto.
Me acerco a la ventana de mi cuarto para abrir y ventilar. Entra el aire fresco de la mañana que trae aromas de hierba húmeda, piedra y nieve.
El contraste es delicioso.
Delicioso. Llega hasta aquí.
🙂