A estas horas del domingo, ya lunes, suelo hacer mi «planificación» de la semana. Debe de ser deformación profesional o, como dice mi madre, necesidad.
La cosa es como sigue:
Hago listas. La de cosas de trabajo (reunión del martes, del miércoles,etc…) la de cosas de casa y personales (empiezan las rebajas….y yo que odio las compras) y la de llamadas y citas. Como siempre las escribo en un papel cualquiera que dejo en el fondo de alguno de mis bolsos, perfectamente arrugado (es como lo de las chuletas, si las haces ya no necesitas usarlas), por lo que cada semana hago una nueva. Esto, que podría parecer un alarde de organización, se convierte en un: ufff, aún no lo hice? pero que era aquello que me dijo R que tenía que hacer? me lo dijo el viernes a la una al salir de la reunión, pero…qué era.
Después de ejercitar la memoria con este despropósito, intento colocar todas las tareas en orden de prioridades en un calendario. Si el miércoles voy a Coruña, aprovecho para hacer tal y cual, si el lunes no tengo reuniones podré redactar ese informe rollo, etc…Yo misma me doy cuenta de que estoy siendo muy muy optimista y que es tan incumplible como el buen tiempo en el verano gallego.
Es decir, parto de una ficción. Es la historia de mi vida. Eso sí, el humor que no falte.
Por último me digo: qué es lo básico? lo irrenunciable? lo que no puedo mover? Lo marco con colorines.
No tengo paciencia hoy para contaros todo eso, pero os prometo que lo único que voy a remarcar es la cita con mi fisioterapeuta del miércoles. Se ha convertido en prioridad uno.
Buenas noches.
(Referente al post anterior: de todos mis queridos lectores-visitantes, ¿ninguno va a dejarme una pequeña historia de su infancia?)