Ayer se oscureció el cielo. Estábamos de charla en la mesa de fueran y una nube grisácea se fue acercando (vivo cerca de Valdoviño).
Olía a humo. Pensé que qué poco prudentes mis vecinos, quemar en un día así.
Al poco rato, llamó Carmen. Nos contó el desalojo, el miedo, pero no parecía tan grave.
La noche fue cayendo y empezó a llegar la información. Fui cayendo en la cuenta del desastre. A las tres de la mañana segía enganchada a la información.
Esta mañana, arranqué para allí con Carmen, Santi y Martín. Tristes, desolados, rabiosos.
pasadas un par de horas nos dijeron que se podía llegar al Monaterio y a la Taberna. Queríamos ver cómo estaba todo, así que cogimos el coche los cinco – con Xurxo, un biólogo que hizo labor de reportero todo el día, una persona encantadora y comprometida- hacia Caaveiro.
El humo se iba haciendo más espeso. Nos lloraban los ojos, nos picaba la garganta. Cerramos las ventanillas.
Un poco antes de llegar al puente de Santa Cristina vimos focos de fuego en el lado derecho, una zona escarpada y difícl.
Decidimos dar la vuelta. El colmo hubiera sido que nos tuviesen que rescatar y además aquello daba miedo. Una ratonera. Qué admiración sentí por la gente de las brigadas que se enfrenta al fuego!
Antes de regresar paramos para apagar las llamas. Un poco asustados pero dispuestos a no dejar que se extendiesen. Cogimos palos y hojas y golpeamos hasta pagarlo.
Sentí una mezcla de sentimientos extraña: miedo ante el poder dle fuego, una sensación de poder liberar la rabia y la impotencia, uan desolación absoluta ante la magnitud del desastre.
Volvimos al centro de interpretación.
La espera.
Volvía casa.
Carmen no podría estar en casa. Yo tampoco. Xurxo publicaba en twitter su recorrido por A Capela y Monfero.
Vuelta a las Fragas.
Allí, poco que contar que no sepáis. Sólo la tensa espera de noticias. El camino que sube a Caaveiro ocupado por las motobombas que apagaban el fuego de la ladera derecha. Parece que el Monasterio resiste pero que la parte de atrás, esa zona tan bonita por donde fluye el Sesín, está arrasada.
Tengo el corazón encogido. No quiero pensar en cómo estarán muchos de mis amigos que han crecido en las Fragas, que sé que las sienten como parte suya.
No hay forma de describir el desastre.
Esta noche, con el viento algo mejor, sólo queda rezar.
Sé que no dan lluvia, pero yo, por si acaso, la voy a pedir.

Qué pena y qué desgracia la destrucción de un paraje tan bonito como ese. Lo que se está perdiendo es de un valor incalculable, no hay palabras para describir la perdida y sí rabia, impotencia, frustración.. 🙁
Gracias Angeles, te agradezco mucho la compañía.
Un abrazo